Las tareas de Teodoro
Grupo de Tarea - 26-02-2006 10:30:28 | Categoria: General
Articulo publicado en el suplemento Siete Días del Diario El Nacional el domingo 26 de febrero de 2006Ante la evidencia, siete años de por medio, del fracaso del proyecto bolivariano en la tarea de recuperar el país he escuchado a muchos venezolanos reflexionar en voz alta sobre la posibilidad de que nuestro presente fuera diferente si Teodoro Petkoff hubiese arribado a la presidencia de la república en el momento, el inicio de los años 1980, cuando el modelo democrático iniciado en 1958 había comenzado a mostrar incontestables evidencias de agotamiento.
Algo semejante le escuché decir, años atrás, cuando Chávez no aparecía aún en el escenario, al ex presidente Ramón J. Velásquez. Se lamentaba por entonces nuestro sabio amigo de que Teodoro, al no haber logrado liderar la necesaria renovación de la democracia venezolana, ésta se vio entonces postergada poniendo en riesgo su propia existencia. Nuestro ex presidente pensaba que Teodoro era el hombre llamado a conducir aquel proceso pues, a su juicio, no se veía en el panorama inmediato otro “liderazgo fuerte”, de esos que en nuestro país parecieran ser indispensables para impulsar las grandes transformaciones. Teodoro, además, reunía en una sola persona, como Rómulo Betancourt en su tiempo, los atributos del hombre de acción y de pensamiento y había mostrado ser un civilista empedernido, con una personalidad recia y un gran autorictas sobre sus contemporáneos.
Lamentablemente ni Teodoro, ni el MAS, llegaron al poder y cuando vino esa doble fractura de la democracia encarnada en el cruento golpe militar del 4 de febrero de 1992 y en la argucia jurídica mediante la cual se sacó de la presidencia a Carlos Andrés Pérez en 1993, le escuché decir al doctor Velásquez una frase estremecedora: “Alguien abrió la tapa del infierno y muchos demonios, que a varias generaciones de venezolanos nos costó mucho trabajo y sufrimiento encerrar, andarán sueltos otra vez”.
Se refería obviamente a las amenazas del militarismo y el personalismo. Pero con el vertiginoso ascenso político por esos mismos años de la Causa R muchos nos entusiasmamos con la posibilidad de que el trabajo de renovación que no le había correspondido a Petkoff y al MAS fuese entonces realizado por el partido hermano —recordemos que ambos surgieron del viejo Partido Comunista—, ya fuese bajo la conducción de Andrés Velásquez o la de Aristóbulo Istúriz, en quien Ramón J. reconocía por aquellos tiempos un inmenso potencial democrático.
Pero la Causa R, que casi llega a la presidencia en las elecciones de 1993, desperdició su capital político, se dividió, y una parte de sus miembros terminó llevando agua al molino del populismo militarista mientras la otra vio naufragar su perfil confundida en la opacidad de la oposición de derecha.
Y así comenzó el camino fatal.
Gracias al fracaso histórico del MAS y de la Causa R, y al abandono de la identidad popular de AD por el discurso tecnocrático en el segundo gobierno de Pérez, los demonios llegaron bailando cha-cha-cha y la renovación de nuestra incipiente democracia no fue comandada por un líder civil ni por una organización política de vasta experiencia democrática, sino por un caudillo militar carismático y autócrata, ex protagonista de un intento de golpe de Estado, y por un movimiento político aluvional — no por un partido— alimentando la teoría ceresoliana de ejércitocaudillopueblo.
Ante la evidencia, siete años de por medio, del fracaso del proyecto bolivariano en la tarea de recuperar el país he escuchado a muchos venezolanos reflexionar en voz alta sobre la posibilidad de que nuestro presente fuera diferente si Teodoro Petkoff hubiese arribado a la presidencia de la república en el momento, el inicio de los años 1980, cuando el modelo democrático iniciado en 1958 había comenzado a mostrar incontestables evidencias de agotamiento.Ante la evidencia, siete años de por medio, del fracaso del proyecto bolivariano en la tarea de recuperar el país he escuchado a muchos venezolanos reflexionar en voz alta sobre la posibilidad de que nuestro presente fuera diferente si Teodoro Petkoff hubiese arribado a la presidencia de la república en el momento, el inicio de los años 1980, cuando el modelo democrático iniciado en 1958 había comenzado a mostrar incontestables evidencias de agotamiento.
Algo semejante le escuché decir, años atrás, cuando Chávez no aparecía aún en el escenario, al ex presidente Ramón J. Velásquez. Se lamentaba por entonces nuestro sabio amigo de que Teodoro, al no haber logrado liderar la necesaria renovación de la democracia venezolana, ésta se vio entonces postergada poniendo en riesgo su propia existencia. Nuestro ex presidente pensaba que Teodoro era el hombre llamado a conducir aquel proceso pues, a su juicio, no se veía en el panorama inmediato otro “liderazgo fuerte”, de esos que en nuestro país parecieran ser indispensables para impulsar las grandes transformaciones. Teodoro, además, reunía en una sola persona, como Rómulo Betancourt en su tiempo, los atributos del hombre de acción y de pensamiento y había mostrado ser un civilista empedernido, con una personalidad recia y un gran autorictas sobre sus contemporáneos.
Lamentablemente ni Teodoro, ni el MAS, llegaron al poder y cuando vino esa doble fractura de la democracia encarnada en el cruento golpe militar del 4 de febrero de 1992 y en la argucia jurídica mediante la cual se sacó de la presidencia a Carlos Andrés Pérez en 1993, le escuché decir al doctor Velásquez una frase estremecedora: “Alguien abrió la tapa del infierno y muchos demonios, que a varias generaciones de venezolanos nos costó mucho trabajo y sufrimiento encerrar, andarán sueltos otra vez”.
Se refería obviamente a las amenazas del militarismo y el personalismo. Pero con el vertiginoso ascenso político por esos mismos años de la Causa R muchos nos entusiasmamos con la posibilidad de que el trabajo de renovación que no le había correspondido a Petkoff y al MAS fuese entonces realizado por el partido hermano —recordemos que ambos surgieron del viejo Partido Comunista—, ya fuese bajo la conducción de Andrés Velásquez o la de Aristóbulo Istúriz, en quien Ramón J. reconocía por aquellos tiempos un inmenso potencial democrático.
Pero la Causa R, que casi llega a la presidencia en las elecciones de 1993, desperdició su capital político, se dividió, y una parte de sus miembros terminó llevando agua al molino del populismo militarista mientras la otra vio naufragar su perfil confundida en la opacidad de la oposición de derecha.
Y así comenzó el camino fatal.
Gracias al fracaso histórico del MAS y de la Causa R, y al abandono de la identidad popular de AD por el discurso tecnocrático en el segundo gobierno de Pérez, los demonios llegaron bailando cha-cha-cha y la renovación de nuestra incipiente democracia no fue comandada por un líder civil ni por una organización política de vasta experiencia democrática, sino por un caudillo militar carismático y autócrata, ex protagonista de un intento de golpe de Estado, y por un movimiento político aluvional — no por un partido— alimentando la teoría ceresoliana de ejércitocaudillopueblo.
Algo semejante le escuché decir, años atrás, cuando Chávez no aparecía aún en el escenario, al ex presidente Ramón J. Velásquez. Se lamentaba por entonces nuestro sabio amigo de que Teodoro, al no haber logrado liderar la necesaria renovación de la democracia venezolana, ésta se vio entonces postergada poniendo en riesgo su propia existencia. Nuestro ex presidente pensaba que Teodoro era el hombre llamado a conducir aquel proceso pues, a su juicio, no se veía en el panorama inmediato otro “liderazgo fuerte”, de esos que en nuestro país parecieran ser indispensables para impulsar las grandes transformaciones. Teodoro, además, reunía en una sola persona, como Rómulo Betancourt en su tiempo, los atributos del hombre de acción y de pensamiento y había mostrado ser un civilista empedernido, con una personalidad recia y un gran autorictas sobre sus contemporáneos.
Lamentablemente ni Teodoro, ni el MAS, llegaron al poder y cuando vin
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